RECUERDOS DE LA NIÑEZ

 EL PAN

 Cuando yo era pequeño ya no se hacia el pan en las casas, hasta hacia poco si, y por eso en casa  teníamos una artesa y un cedazo muy fino donde se amasaba el pan y donde se cernía la harina para que fuese fina, en muchas casas tenían un horno y allí cocían, no todos los días creo recordar que cada 15 días, los guardaban en un arcón de madera  hermético y con paños húmedos, allí aguantaban hasta ese tiempo sin estar demasiado duros, si estaba un poco duro casi mejor así duraba más.

No se tiraba nada de pan era todo reciclable dirían ahora , el pan rallado, las migas, las salsas, en otros sitios el gazpacho el salmorejo..

 En el verano cuando cosechábamos a la hora de comer Babil que era el obrero más antiguo, cogía la hogaza del pan se la ponía en el pecho y le hacia una cruz de afuera a dentro y de arriba abajo, luego cortaba los trozos en ángulo de forma que todos tuviésemos la misma cantidad de corteza.

 Al pan se le tenía mucho respeto siempre se le ponía hacia arriba y si se caía al suelo se limpiaba y se le daba un beso al pan bendito, se ofrecía por orden de categoría y no se debían de caer las migas al suelo, eran costumbres que nos inculcaban los obreros.

Cincuenta años más tarde en México invite a comer a mi hija con una amiga polaca y comimos sopa de cebolla (soupe a loigñon), uno de los mejores platos franceses y hablando del aprovechamiento del pan duro, vino al caso y le explique esas costumbres sobre el pan, la chica polaca se emocionó y dijo que en su tierra eran  las mismas costumbres. El pan es religión, el pan nuestro de cada día. No se tira ni un currusco de pan, es pecado.



LA NIÑEZ EN UN PUEBLO

La importancia de pasar la infancia en un pueblo.

Aseguran que tu patria es tu infancia;  para poder ser feliz debes ser fiel a tu infancia, cuando eres mayor recurres muchas veces a la época de tu niñez  decía una copla de D.  Manuel Ruiz Baquedano en un programa de fiestas: 

Ser hombre era de pequeño

El mayor deseo mío

Aura que ya soy hombre

Quisiera golveme crio-

 

La libertad de elegir que tienes en un pueblo cuando eres pequeño es ilimitada, con aparecer a la hora de comer y a la de cenar, tú eras el dueño  de ti mismo durante todo el día.

Tenía diversidad de amigos con uno de ellos iba a recoger hierba para los conejos, aprendías a identificar la comestible, el trébol, romero, salvia y los lechazinos, si podíamos afanábamos un poco de alfalce; era un poco mayor que yo muy diligente y obediente a su padre que era guardia civil, me contaba muchas cosas del cuartel, era una gran familia todos tenían  sus casas en el mismo recinto, a veces era mi protector era muy alto y fuerte, este iba a mi curso.

Otro amigo más secreto me enseñaba cosas para sobrevivir, cazábamos pajaricos con cepo, cogíamos hormigas de ala cavando porque estaban escondidas en el hormiguero, eran las reinas, la clavábamos en el ganchito del cepo y la colocábamos debajo de un árbol ella movía las alas y el pajarico no se podía resistir caía seguro, con este amigo que vivía en una huerta aprendí a coger las primeras setas, eran de árbol y salían de los troncos  yo nunca las comí, en mi casa no me hubieran dejado pero en su casa si se comían, para mí era un experto.

Recuerdo que en casa tuvimos un canario lo trajimos muy pequeñico y le enseñábamos a cantar rozando un corcho con una botella, salía un sonido muy agudo y nos creíamos que le enseñábamos a cantar, estábamos muy ilusionados de tener un cantor en casa , era muy alegre y con un plumón amarillo precioso, de repente le entro una tristeza y poco a poco se fue apagando, cuando murió nos afecto mucho, lo metimos en una caja de zapatos pequeña y simulamos un entierro llevado la caja entre los tres pequeños de la casa y lo enterramos en el corral de Balvorroyo al lado de una tapia, todavía me acuerdo del sitio exacto 

En ese coral que era del tío Luis encerraba la yegua Miguel un empleado suyo, nada mas entrar al corral la yegua ya sabia lo que tenia que hacer, iba hasta su cuadra Miguel le daba unos gritos siempre los mismos y yo creo que le entendía, le quitaba los aparejos y le daba de comer , yo era el único animal de tiro con el que tuve algún contacto. Un día en ese corral Miguel estaba partiendo leña yo estaba con Jose Victor mi amigo mas amigo, al verlo cortar la leña y tan mayor se puso el a cortarla dejo el hacha en un equilibrio inestable para colocar la leña de buena postura y el hacha se le cayo encima del dedo gordo, salimos corriendo a casa de Antonio que era el medico del pueblo , le cosió y lo arreglo bien , mi padre como lo que se le había roto era la falange le dijo que tendría que rezar a san Jose Antonio. Como era muy fuerte y valiente quiso con los dolores jugar una partida de ajedrez, aquel día gano.

Os he hablado poco de Jose Víctor, tenia el corazón grande y de pequeño estuvo a punto de morirse , ya mucha gente le había rezado como imposible de salvar, pero era muy fuerte, y lo supero. Al pulso como al ajedrez un día ganaba uno otro ganaba el otro. También le gustaba pescar, íbamos con mi padre y Antonio el carbonero, Jose Víctor cavaba para coger lombrices y luego el carbonero quería coger las mas grandes y Jose Víctor se cabreaba con razón.

Jose Víctor tenia un corral muy bueno allí en Noche Vieja hacíamos las migas , bueno era Macario un obrero suyo el experto que las hacia , cortaba el pan duro muy fino las dejaba en remojo con un paño, en la sarten echaba sebo, algún trozo de longaniza o tocino del jamón y luego echábamos por encima uva  garnacha, que bien lo pasábamos cantábamos y contábamos chistes. también historias , era la única noche que nos dejaban salir en casa , volvíamos contenticos.


Coger regaliz tirando de la raíz era un ejercicio que requería mucho esfuerzo si no llevabas una azadilla, que nunca llevábamos. Mi padre me conto que en Tauste hubo una fábrica que usaban el regaliz para destilar un jarabe.

 Para ser tenido en cuenta era muy conveniente  dominar varias técnicas, tirar bien con el tirador, silbar muy fuerte metiéndote los dedos en la boca, jugar bien al futbol, tirar el pirulo a "machete" así duraba mucho mas dando vueltas, yo a estas practicas que no se me daban mal añadía saber pescar, incluso haciéndome ms aparejos propios, nadar y tirarme de punta cabeza. Y para colmo jugaba al ajedrez bastante bien, todo esto me daba seguridad aunque delante de las chicas era difícil mostrar destreza y tranquilidad, hasta que fui a Zaragoza a estudiar.


EL SANTUARIO.

 Ya desde pequeño nos fijábamos en la figura del Santuario, estaba allí lejos pero se le veía bien, era como un tope hasta donde llegaba nuestro pueblo, era la frontera más bien definida, a partir de allí era Navarra desconocida para nosotros, la parte que nos correspondía estaba hacia el lado opuesto por donde  se iba a Zaragoza. Yo ahora de mayor cuando vuelvo a Palencia  por la autopista del norte, me paro a echar gasolina en el surtidor de Gallur, cosas del patriotismo y sobre todo porque así puedo parar con tranquilidad unos minutos a ver la estampa del Santuario, inconfundible, allí esta majestuoso recordándonos nuestra infancia.

De pequeño algún verano subíamos allí nuestra casa era el nª7 subiendo una escalera, debajo vivían los hijos de D. Antonio el médico, la primera vez que subí mi padre me explicó lo importante que era el suministro de agua, se recogía en la balsa que al estar más baja disfrutaba de los acuíferos de la explanada . A la sombra de la iglesia estaban los depósitos de hormigón que se llenaban  de la balsa con carros y grandes cubas  de agua en invierno, para que el agua estuviese más fresca y no se descompusiera, en estos depósitos había una bomba de palanca con unos cueros para acoplarse como en una bomba de bicicleta, allí se llenaban los baldes, pozales y botijos todo estaba bien planeado, otra cosa no pero las cosas se pensaban. En la balsa había una explanada donde se aparcaban los coches cuando a veces en las fiestas se llenaba la de arriba, había unas escaleras para acortar el camino hasta arriba.

Con tanto tiempo libre las excursiones a los pinos, a la balsa, a la plana y sobre todo lo que más nos gustaba era mirar desde la muralla, si podía ser con prismáticos mucho mejor, a los coches que se acercaban, la vista era muy extensa ya cuando  divisabas algún vehículo pasaba por Tabernillas y lo Guallart era probable que subiese y cuando pasaba la finca de Los Machos era casi seguro, luego el caracol, la Aparecida que estaba en medio de la cuesta larga ya entonces teníamos que haber adivinado quien era, los posibles visitantes eran reducidos.

Para San Juan se hacía una hoguera y los mas atrevidos, ya mozos la saltaban, un año uno se cayó en las brasas y se quemó toda la pierna, hubo un gran revuelo.

Como no había suministro eléctrico teníamos que iluminarnos con un invento alemán el Petromax era un mechero alimentado por gasolina de un deposito al que se le daba presión con un inyector, la gasolina ponía incandescente una “camiseta “ de seda que daba mucha luz mucho más que un candil. Una vez usada a camiseta ya no se podía tocar porque estaba calcinada, buen invento.

Allí aprendí como se hacían las curvas de las gayatas creo que fue D. Amador, cogió un buen palo, lo curvo dándole la forma para cogerla con la mano y luego la acerco al fuego, la tuvo mucho tiempo hasta que se hizo permanente la curva , le hizo algún adorno y ya estaba, me gustaba mucho aprender cosas y oficios.

Una cosa que no puedo olvidar es la primera vez que entre en la cabina telefónica, era la única letrina del Santuario, sin agua que arrastre, un desnivel de unos tres metros salvaba la distancia, había unas moscas o moscones grandes de unos colores verdes, marrones en fin daban miedo, al final optamos por alejarnos lo suficiente y bajar a los pinos.

La mayor ráfaga de viento que he visto fue allí detrás de la hospedería, no se podía avanzar en su contra.

Era muy árido, pero la administración municipal se empeñó con muy buen criterio, en plantar unos árboles a los lados del camino, que luego se asfalto y mejoro mucho el traslado al monte. Se fueron regando los arbolitos y creo que sigan estando bien.

No existía costumbre alguna de subir al Santuario andando, se iba mucho a San Jose el día 19, pero al santuario no se subía, en parte porque el oficio de agricultor era en permanente contacto con la naturaleza y no se echaba en falta esa excursión.

Yo a los sesenta y cinco  años subí andando desde Los Machos,  mi hermana hacía de coche escoba por si acaso, y tarde bastante en llegar arriba, en la muralla había gente extrañada de la maniobra.

Me contaba mi padre que habían subido con la picaraza por el camino viejo, por el abejar, nosotros subimos andando por allí y nos parecía imposible que hubieran podido subir, por las grandes piedras que había; en ese lado y más al norte estaba el pico del Fraile cerro testigo muy característico de esas formas de erosión geológica. 












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