El callizo de las monjas

 

El callizo de las monjas, nuestra infancia está muy ligada a este callejón, desde la iglesia de las monjas hacías un recorrido cuesta abajo por las traseras de las casas que daban a la calle de la Plaza ( German), antes de empezar a bajar a la izquierda había un corral donde los Castillo tenían a Felipe era un tocinico que se hizo mayor y los Castillo con mucho respeto y sin ninguna duda se lo comieron unas navidades; era la matanza , nosotros nunca hicimos matanza , a nosotros nos regalaban adobos, chorizos y  morcillas con arroz, nosotros les regalábamos turrones, mazapanes  y cosas compradas, eran las costumbres de convivencia y buena vecindad.

Todavía no he empezado a bajar, pues bien bajando a la derecha estaba el corral de los Bermejo un médico  otorrino famoso en Zaragoza, con tres hijos muy revolucionarios, el mayor que quería imitar a su padre, les hizo la operación de amígdalas a todas las gallinas, todas murieron pero eso si, estaban muy ordenadas, una al lado de la otra y bien presentadas; siguiendo y también a la derecha la trasera de D. Joaquín López, hombre muy importante con un bigote grande y bien cuidado con las puntas hacia arriba, tenía una calesa y una yegua, daba envidia verlo montado y sentíamos curiosidad por ese personaje, era pariente lejano nuestro.

 Mas abajo y ya  a la izquierda el corral de las gallinas de Joaquín Duaso nuestro tío, luego el nuestro, allí teníamos unas treinta gallinas , ponedoras, mi padre tenía una incubadora donde colocábamos  los huevos y calentándolos unos 20 días salían los pollitos, sustituía a  las gallinas cluecas ( por cierto me acuerdo de un mote, los culecos,¿ tendrían algo que ver con eso?), allí también guardábamos el aceite para todo el año, en ciertos momentos también encerrábamos allí la Picaraza, bajábamos todos los días,  entonces no había basura, los restos de comida se echaban al corral para que lo comieran las gallinas, la basura llego mucho después,  un camión que recorría las calles y los vecinos sacábamos una bolsas a la puerta.

Sigo bajando y allí al final nos encontrábamos con  la plazoleta que era nuestro centro de reunión de los niños vecinos, jugábamos al futbol ante el enfado con cariño, de las vecinas que limpiaban las puertas, una, Felisa era la madre de Ángel Bernal uno de los mejores futbolistas del Tauste era medio centro y manejaba muy bien la cabeza,  hacía unos pases magistrales; enfrente había una puerta de corral de madera que casi nunca se abría, esa era nuestra portería  nadie se quejaba de los balonazos, recuerdo que a los lados y protegiendo las paredes de la entrada contra los ejes de los carros que sobresalían de la ruedas, había unos pilotes de piedra de forma que si una rueda se acercaba peligrosamente a la pared, el pilón que era cónico la hacía resbalar hacia el centro, bueno esto eran artilugios que entonces eran muy importantes; al lado estaba la Rosario, tenía tres escalones antes de llegar a la puerta, eso le protegía más del balón, a su lado  estaba nuestra escalera hecha de tubo, la hizo mi padre para bajar directamente  desde una ventana y nos facilitaba totalmente la salida trasera, estaba delante de la puerta del tío Luis. esa escalera por la noche y por medio de una cadena la levantábamos como si de un puente levadizo de un castillo medieval se tratara.

 En esta plaza organizábamos sobre todo partidos de futbol, hacíamos comedias y simulacros de las vaquillas, poníamos tractores y remolques de juguete y muletas y cuernos ficticios, lo pasábamos muy bien, cómo se pasaba en los pueblos, en esa misma plaza estaba las escaleras que conducían a la terraza de mi tío Joaquín, esplendida y con muchas flores, casi todas rosas, algunas baldosas eran de cristal translucido que daba luz a la tienda de mi abuela Rosalía que estaba debajo.

 En el último tramo bajando  y torciendo a la izquierda ya estaban las traseras de la calle Zaragoza, estaba el Botero, que cuando recibía un pedido de botijos y cerámica nos contrataba a todos niños del barrio para ir descargando del remolque a la tienda, muchos viajes y al final si no habíamos hecho algún destrozo, nos daba una hucha de cerámica de las que hay  que romper para ver cuanto tienes; seguías bajando y te encontrabas al final de frente con un lateral del bar de Calatro , para nosotros un lugar prohibido, allí se juntaban los mayores y cantaban muchas jotas, cuando fuimos mayores nosotros lo hicimos también y disfrutamos mucho.

El Callizo de las monjas

espero volver a bajar

A ver si encuentro al niño

que nunca voy a olvidar.

Pepe Duaso

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