EL SANTUARIO. Ya desde pequeño nos fijábamos en la figura del
Santuario, estaba allí lejos pero se le veía bien, era como un tope hasta donde
llegaba nuestro pueblo, era la frontera más bien definida, a partir de allí era
Navarra desconocida para nosotros, la parte que nos correspondía estaba hacia
el lado opuesto por donde se iba a
Zaragoza. Yo ahora de mayor cuando vuelvo a Palencia por la autopista del norte, me paro a echar
gasolina en el surtidor de Gallur, cosas del patriotismo y sobre todo porque
así puedo parar con tranquilidad unos minutos a ver la estampa del Santuario,
inconfundible, allí esta majestuoso recordándonos nuestra infancia.
De pequeño algún verano subíamos allí nuestra casa era el nª7
subiendo una escalera, debajo vivían los hijos de D. Antonio el médico, la
primera vez que subí mi padre me explicó lo importante que era el suministro de
agua, se recogía en la balsa que al estar más baja disfrutaba de los acuíferos
de la explanada . A la sombra de la iglesia estaban los depósitos de hormigón
que se llenaban de la balsa con carros y
grandes cubas de agua en invierno, para
que el agua estuviese más fresca y no se descompusiera, en estos depósitos
había una bomba de palanca con unos cueros para acoplarse como en una bomba de bicicleta,
allí se llenaban los baldes, pozales y botijos todo estaba bien planeado, otra
cosa no pero las cosas se pensaban. En la zona de balsa había una explanada
donde se aparcaban los coches cuando a veces en las fiestas se llenaba la de
arriba, había unas escaleras para acortar el camino hasta arriba.
Con tanto tiempo libre las excursiones a los pinos, a la
balsa, a la plana y sobre todo lo que más nos gustaba era mirar desde la
muralla, si podía ser con prismáticos mucho mejor, a los coches que se acercaban,
la vista era muy extensa ya cuando algún vehículo pasaba por Tabernillas y lo
Guallart era probable que subiese y cuando pasaba la finca de Los Machos era casi
seguro, luego el caracol, la Aparecida que estaba en medio de la cuesta larga
ya entonces teníamos que haber adivinado quien era, los posibles visitantes eran
reducidos.
Para San Juan se hacía una hoguera y los mas atrevidos, ya
mozos la saltaban, un año uno se cayó en las brasas y se quemó toda la pierna,
hubo un gran revuelo.
Como no había suministro eléctrico teníamos que iluminarnos
con un invento alemán el Petromax era un mechero alimentado por gasolina de un
deposito al que se le daba presión con un inyector, la gasolina ponía
incandescente una “camiseta “ de seda que daba mucha luz mucho más que un
candil. Una vez usada a camiseta ya no se podía tocar porque estaba calcinada,
buen invento.
Allí aprendí como se hacían las curvas de las gayatas creo
que fue D. Amador, cogió un buen palo, lo curvo dándole la forma para cogerla
con la mano y luego la acerco al fuego, la tuvo mucho tiempo hasta que se hizo
permanente la curva , le hizo algún adorno y ya estaba, me gustaba mucho
aprender cosas y oficios.
Una cosa que no puedo olvidar es la primera vez que entre en
la cabina telefónica, era la única letrina del Santuario, sin agua que arrastre,
un desnivel de unos tres metros salvaba la distancia, había unas moscas o
moscones grandes de unos colores verdes, marrones en fin daban miedo, al final
optamos por alejarnos lo suficiente y bajar a los pinos.
La mayor ráfaga de viento que he visto fue allí detrás de la
hospedería, no se podía avanzar en su contra.
Era muy árido pero la administración municipal se empeñó con
muy buen criterio, en plantar unos árboles a los lados del camino, que luego se
asfalto y mejoro mucho el traslado al monte. Se fueron regando los arbolitos y
creo que sigan estando bien.
No existía costumbre alguna de subir al Santuario andando, se
iba mucho a San Jose el día 19, pero al santuario no se subía, en parte porque el
oficio de agricultor era en permanente contacto con la naturaleza y no se
echaba en falta esa excursión.
Yo a los sesenta y cinco
años subí andando desde Los Machos, mi hermana hacía de coche escoba por si acaso,
y tarde bastante en llegar arriba, en la muralla había gente extrañada de la
maniobra.
Me contaba mi padre que habían subido con la picaraza por el
camino viejo, por el abejar, nosotros subimos andando y nos parecía imposible que
hubieran podido subir en coche, por las grandes piedras que había; en ese lado
y más al norte estaba el pico del Fraile cerro testigo muy característico de
esas formas de erosión geológica.
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